viernes, 11 de septiembre de 2026

La verdad también se demuestra.


SERIE: CÓMO SE PRUEBA LA VERDAD (1 DE 5) COMISIÓN FORENSE ANTAP

En un juicio nadie pregunta qué crees, sino qué puedes probar. Arranca aquí una serie sobre los métodos con que la ley, la ciencia y la psicología acreditan que algo es cierto — y por qué esa disciplina debería importarnos también fuera de los tribunales.

Columna Tricornios en Democracia periodistadigital.com· José Carlos Piñeiro

Hay una frase que se repite poco fuera de los tribunales y que debería repetirse más: "eso que dices, ¿cómo lo demuestras?". En el debate público basta con afirmar algo con suficiente convicción, repetirlo lo bastante alto o encontrar a mil personas que lo compartan en una red social para que empiece a tratarse como un hecho. En un procedimiento judicial, en cambio, la convicción no vale nada por sí sola. Lo que vale es lo que se puede acreditar.

Acreditar la verdad de una declaración —que un testigo dice lo que realmente vivió, que un daño existió, que una firma es auténtica— es, de hecho, todo un oficio. La ley y la ciencia forense han desarrollado, a lo largo de más de medio siglo, un conjunto de métodos verificables para hacerlo: el interrogatorio de las partes, la revisión de documentos públicos y privados, el dictamen de peritos, el reconocimiento judicial de lugares y objetos, y el interrogatorio de testigos. Cada uno tiene sus reglas, sus límites y su forma de blindarse frente al error.

El instrumento central de ese esfuerzo es el dictamen pericial: el informe con el que un experto —psicólogo, médico, grafólogo, ingeniero— traduce hechos técnicos en una prueba que un juez, lego en la materia, pueda entender y valorar. Un buen dictamen no defiende una tesis, la contrasta. Se sostiene sobre dos pilares que parecen obvios pero que cuesta mucho respetar: objetividad —ceñirse a los hechos y pruebas disponibles, sin opiniones personales— y precisión en el lenguaje, evitando ambigüedades y afirmaciones categóricas que la evidencia no sostiene.

A partir de aquí, esta columna dedicará cuatro entregas a recorrer, una por una, las herramientas con las que se acredita la verdad en la práctica pericial y judicial española y en la investigación internacional: cómo se redacta y estructura un dictamen pericial que resiste un recurso; la ciencia que distingue un recuerdo vivido de uno inventado —desde la hipótesis de Undeutsch hasta el Sistema de Evaluación Global desarrollado en Galicia—; lo que un test de personalidad o un signo físico pueden y no pueden decirnos sobre si alguien simula; y, para cerrar, por qué nuestra propia mente —con sus atajos, sus sesgos y sus certezas prestadas— es a menudo el obstáculo más difícil de superar a la hora de juzgar qué es verdad.

Puede parecer un asunto de juzgados. No lo es solo. Una democracia se sostiene, entre otras cosas, sobre instituciones capaces de distinguir un hecho de una opinión y de hacerlo con métodos que cualquiera pueda auditar después. Desde el agente que instruye un atestado hasta el perito que firma un informe, pasando por el periodista que contrasta una fuente, todos comparten el mismo problema de fondo: cómo demostrar, no solo creer, que algo ha ocurrido. De eso trata esta serie.